Jose Manuel Aguilar Cuenca
EN un tribunal desaparecen pruebas fundamentales para enjuiciar un asunto de abusos a menores. No es la primera vez que ocurre. Un conductor, aparcado a los pies de mi ventana, se fuma un porro. Cuando termina, vacía el cenicero en la acera y emprende la marcha. Un perro de presa pasea libremente al lado de su orgullosa propietaria, rodeado de niños que van al colegio. No son ni las nueve de la mañana.
Una de las epidemias contemporáneas es la responsabilidad desplazada. Fíjese que no digo falta de responsabilidad. En estos tiempos modernos nuestras máscaras de la doble moral nos permiten ser mucho más perversos. Estoy hablando del traslado de la responsabilidad de uno mismo al exterior, bien a otros, que se espera que hagan el trabajo por nosotros o, peor aún, a entidades grupales, globales, es decir, indefinidas o abstractas, que finalmente terminarán por resolver, a un precio muy superior, lo que nosotros mismo deberíamos haber hecho.
Un ejemplo muy simple es la limpieza de la vía pública. Nuestra responsabilidad como ciudadanos es depositar en la papelera nuestros desperdicios. Sin embargo, en más ocasiones de las que nuestra vergüenza nos debería permitir, ahí se quedan, ensuciando las aceras o, en un alarde de cinismo sin límite, rodeando la propia papelera. Ya vendrá alguien a limpiar.
Responsabilidad significa, como cualidad, la obligación a responder de algo o por alguien, así como el cuidado que ponemos en lo que hacemos o decimos. También es deuda, obligación de reparar y satisfacer, e incluye la capacidad existente en todo sujeto activo de derecho para reconocer y aceptar las consecuencias de un hecho realizado libremente. Todo un concepto que, en época de relativismo general como la que vivimos, apenas significa nada para la mayoría.
Yo estoy acostumbrado a cruzarme con abogadas que niegan que exista la manipulación de los hijos en foros públicos de determinado color político, para luego, cuando viene bien en sus intervenciones profesionales, defender el argumento en un juzgado. Hace semanas, en un coloquio celebrado en una cadena de televisión nacional, tuve que vérmelas con uno de esos profesionales con adscripción política - en este caso psicólogo- que negaba, no sólo que existieran falsas denuncias de abusos sexuales infantiles oportunistas en los procesos de divorcio -cuando las cifras hablan de hasta un escandaloso 80% de casos-, sino que tan siquiera hubiera estudios -que los hay-, ofreciendo como fuente fidedigna para apoyar sus datos la Wikipedia. Y no pasa nada, especialmente cuando esas afirmaciones se realizaron delante de un destacado miembro de la comisión deontológica de mi colegio profesional.
Usted mismo ha podido ver los ejemplos de falta de responsabilidad en sus actos y palabras en muchos políticos. Si pensamos que son uno de los grandes ejemplos a seguir para los jóvenes, el temor por lo que puede venir debería comenzar a helarnos la sangre. Esos ejemplos, por repetidos, señalados y públicos, tienden a convertirse en la ortodoxia de la conducta.
Por esa razón cuando uno se encuentra con trabajos como los del periodista Enric González, siente cierto alivio al imaginar que el mundo de los que hemos decidido ser consecuentes no está tan despoblado. Tras la publicación de una serie de reportajes sobre la prostitución en el diario El País, el citado periodista ha reflexionado sobre la contradicción que se establece entre denunciar hechos y luego apoyarlos, de algún modo, publicando cientos de anuncios de contactos en los mismos ejemplares del diario. Un profesional, que cobra su sueldo de la misma empresa en la que destaca semejante contradicción, haciendo el trabajo que todos deberíamos estar acostumbrados a hacer, es decir, pensar por uno mismo, buscando mejorar las cosas que nos rodean. Toda una revolución.
Muy a nuestro pesar, en estos tiempos modernos de relativismos que lo copan todo priman los primeros ejemplos. Sujetos sin responsabilidad sobre sus actos, que públicamente defienden una postura, sin importarles nada si están mintiendo y a quién le puede afectar todo ello, con tal de cobrar sus treinta monedas. Su cara dura cuando salen al pasillo y te hablan como si no hubiera pasado nada, como si mentir no es tan importante, como si "es un trabajo y, ya se sabe, tengo que decir lo que tengo que decir", constituye el rostro más despreciable de la psicopatogía de la normalidad.
Contemporizar no es un acto de inteligencia, no cuando se está tapando el mal. Contemporizar es un acto de participación plena en el daño. Aquellos que no hacen nada, miran para otro lado o ponen paños calientes, ofreciendo palabras bienintencionadas pero huecas, son tan responsables como los que niegan o mienten. Hoy, como hace dos siglos, hay un límite en el que la tolerancia deja de ser virtud.
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